Un disco Macanudo: Hombres G
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El primer álbum autotitulado de la banda madrileña es uno de los principales exponentes de lo que se conoce como La Movida (no la de Jeanet sino la española, para mayores señas aquí) y el primer grito de cuatro jóvenes que hacían de la música un pasatiempo tan poco saludable y encantador como fumarse un porrito, visitar un bar o conquistar chicas… para perderlas por un Mamón.
Y es que, si hay algo que le da grandeza a este álbum tan sencillito, es la capacidad de retratar –desde su lanzamiento y a través de los años- en diez canciones la esencia de una juventud-adolescente y sus contradictorios axiomas. Ahí están los arrebatos de orgullo ante una chica que nos deja (No lloraré), la pose de tímidos para enternecer a la culpable de nuestros más húmedos deseos (Dejad que las niñas se acerquen a mí) el perder toda dignidad ante una mujer (vuelve a mí) y la promesa de sacarle la gran puta al imbécil que nos atrasó (ya tú sabes cuál canción)
“En esa época sólo hacíamos canciones para ligar” ha dicho David Summers, bajista y líder de los Hombres G acerca de este álbum; de seguro que muchas cayeron, maestro, pues las letras sencillas y las melodías pegajosas suenan tan familiares que resulta casi imposible no identificarse con una producción perfecta para regalarle, envueltita y con beso, a la chica que te afanas o para escuchar tomando una cerveza con tu pata del alma mientras despotricas bilis contra la $%·/%$$@ que te dejó.
Dos canciones escapan a esa sensación de espíritu adolescente (¿Cobain? ¡JA!) que tiene el disco. Matar a Castro, un tema que Summers de seguro hizo como quien practica el onanismo: de un trascendental tirón. La canción –historia de una niña cubana que planea asesinar al barbón- motivó que muchas agrupaciones anti-castristas quisieran hacer de Hombres G su banda emblema. Por suerte los madrileños aclararon que el asunto era una joda para Tinelli y nada más. El otro tema es Lawrence de Arabia y nada más que decir excepto que estaba inspirado en la película de 1962 dirigida por David Lean . Ambos sirven para dar un respiro ante tanta palta amorosa… por un momento.
Tras esos adorables lunarcitos el álbum cierra con No te puedo Besar, la mejor del disco, cantada por un baterista que siempre tuvo cara de pendejo pero que desnuda toda su sensibilidad en una canción que da ganas de vivirla una y otra vez en una tarde joven donde lo más importante era querer a alguien. De esas canciones que siempre suenan ciertas no importa el año que marque el calendario. Es cierto, sabiondo: el álbum cierra oficialmente con Sin Ti, una preciosa balada pero para éste, su Radiopostal amigo, es con el tema anterior donde el disco culmina con calificación redonda.
Un disco tan bueno como verla pasar y mirarla sin que se den cuenta, ni ella ni tus amigos de barrio, con los que compartes los primeros puchos en una noche donde a pesar de que tienes que acostarte temprano, el tiempo es genial. Canta con nosotros, baila, que no os de vergüenza…

Oscar Gallo dijo:
Octubre 9, 2007 a 1:39 am
¡Mamá, mamá, ese señor es igualito a Adal Ramones!